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23 de noviembre de 2010

LA POBREZA TIENE CARA DE MUJER

Más trabajo y no remunerado: "tú no haces nada, no vales nada, el que lleva el sustento a casa soy yo". Unos roles que hacen de la cocina la cárcel de la mujer: "como somos chicas no podemos recoger la milpa". Un sistema educativo que enseña lecciones de igualdad que no dan de comer a las tripas limpias: "las niñas se quedan en 3° o 4°. Lo importante es que sepan leer, escribir y hacer los números. A los niños les regalan una bici o una moto cuando pasan de nivel, porque ellos sí tienen que seguir". Y un grupo de mujeres que tienen clara la importancia de hacerse respetar y de poner límites "a una mentalidad machista que no deja que nosotras ejerzamos nuestro derecho de superación".

Las frases entrecomilladas no son más que los duros testimonios de las mujeres que han participado en el primer taller que la Comisión de Género del Programa ha celebrado con ellas. Equidad y empoderamiento son dos palabras que aparecen en los documentos de formulación de todos los proyectos de cooperación. Es una condición sin la que no se concibe un desarrollo justo, pero es también un arma de doble filo: y si empoderar a la mujer supone cargarla con más trabajo del que ya tiene? Y si es sinónimo de conflictos intrahogar? La respuesta a cuestiones como estas sólo la tienen ellas: las mujeres.

La invitación para la actividad llegó a un número representativo de mujeres participantes en cada uno de los ocho proyectos que componen el Oxlajuj Tz'ikin. Llegaron 33. Dinámicas quitadas de un libro de juegos sirvieron para romper el hielo y que cada una abriese poco a poco la puerta de su casa y nos permitiese asomarnos a la realidad de sus vidas. Y dentro nos encontramos con historias de las que erizan la piel.

Madres, hermanas, hijas y esposas coraje
María (el nombre que se dice tenemos todas las mujeres) estuvo casada 15 años. Esa unión le dejó como fruto un hijo que ahora tiene 20 y una niña menor de edad. La separación llegó cuando se dio cuenta de que su vida seguía los mismos derroteros que la de su madre, los caminos marcados por una tradición que no por estar socialmente aceptada es menos machista y que reduce las habilidades de la mujer a la cocina y al cuidado de niños y ancianos.

"Mi madre sí lo vivió y lo aguantó porque creía que era lo correcto. Nos educó en eso, en que mis hermanos varones debían estar preparados en el colegio para poder mantener la casa y ocuparse de su esposa. Nos educó en esa dependencia. Ahora, cuando viene a casa, siempre le digo 'mamá, no era así', y educo a mis hijos en la idea de que él tiene que saber hacer las cosas de la casa y ella no debe quedarse encerrada en la cocina, salir fuera y buscar un trabajo".

La experiencia de María la comparten otras mujeres que se han acercado al taller, aunque revelarse ante unos roles marcados a hierro es la actitud menos común en las comunidades. La mayoría hablan de un matrimonio 'perfecto', donde las decisiones se toman entre dos, donde la mujer opina y donde su palabra vale lo mismo que la del hombre. La situación de extrema pobreza de algunas comunidades es reconocido como un factor que obligó a generar unidad y confianza mutua, ha desarrollar trabajos colectivos entre hombres y mujeres.

Pero aún en una relación como esa que viene de describirse el machismo pesa. "Podemos tomar decisiones solas, claro que sí! Pero sobre cuestiones menores". Y las cuestiones menores son comprar gas si se termina o salir al mercado sin consultarlo con su marido porque está trabajando fuera de la casa.

La educación empieza y termina en casa
Pero la desigualdad no sólo se aprecia en el reparto de tareas. Actividades tan sencillas como pedir un crédito siguen siendo una utopía para muchas mujeres, y a la hora de repartir la herencia ellas reciben menos propiedades y tierras áridas, donde el fruto nunca ha crecido.

Quizá todas las mujeres que compartieron este espacio estarían de acuerdo en la necesidad de cambiar este panorama, en no quedarse detrás del hombre, sino a su lado. Y quizá todas coincidirían con doña Marciana, una profesora que tiene claro que la alternativa no florece en las aulas, sinó en cada casa.

Y empieza por poner fin a 'días normales' como éste: "Me levanto a las 5.30, doy gracias a dios, me lavo, me cepillo los dientes, preparo café, voy al molino, vuelvo para tortear, preparo el desayuno para las 8.00, lavo los trastes, limpio la casa, limpio el patio, vuelvo a tortear para el almuerzo y lavo los trastes. Mis hijas son dos: una hace la limpieza y la otra a tortear. Mis hijos trabajan fuera, salen como a las 8.30, no hacen nada en la casa y vuelven para almorzar. La pena del pobre es la panza".

Doña Marciana se queja. “Alguien dice ‘¡es que los maestros…!’ y no es así. El cambio en estas actitudes tiene que iniciarse desde el papá y la mamá. Los niños llegan al colegio y no quieren sentarse a la par de las niñas”. La misma realidad la han descrito otras profesoras. Con su enseñanza tratan de romper con lo establecido, pero la tradición es una losa muy pesada. “Ellos no quieren barrer, y no quieren que les dicten la lección sus compañeras niñas”. Por si ello fuera poco, hay otra losa igual de pesada que levantar, la del ‘qué dirán’: “En mi instituto hay aulas de cocina, pero cuando los chicos participan los otros compañeros varones los marginan, les dicen huecos (maricones)”.

Para todas estas mujeres su libertad pasa por la educación y se conquista poco a poco. Por el camino toca ir celebrando los pequeños logros: "Ahora a algunas mujeres ya no les preocupa irse de casa y no dejar comida hecha, por ejemplo". Y ello ya es, sin duda alguna, un paso de gigante.

1 comentario:

  1. Me hencantó este artículo. Enorabuena por el blog y por el trabajo que ustedes acen

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